Cuando tu cara ya no es tu cara
Hay algo que me llama especialmente la atención de los filtros de inteligencia artificial que se están popularizando en redes sociales. Y no es únicamente que nos cambien la cara, sino la facilidad con la que podemos llegar a percibir esa versión modificada como una representación bastante fiel de nosotros mismos.
SALUD MENTAL
10/23/20265 min read
La inteligencia artificial está transformando la forma en que editamos nuestras fotografías. Las herramientas actuales permiten modificar los rasgos faciales con un nivel de realismo que hace que las imágenes resultantes sigan pareciendo fotografías auténticas de nosotros mismos. Sin embargo, más allá de los cambios estéticos que permiten realizar, conviene detenernos a pensar en cómo puede influir esta práctica en la percepción que tenemos de nuestra propia apariencia.
El problema no reside necesariamente en utilizar un filtro o retocar una fotografía. La cuestión es qué ocurre cuando empezamos a presentar imágenes modificadas como representaciones habituales de nuestra apariencia y dejamos de percibir con claridad hasta qué punto se han alterado nuestros rasgos.
Cuando la imagen modificada se convierte en una referencia
A diferencia de los filtros tradicionales, que a menudo incorporaban elementos claramente artificiales, muchas herramientas de inteligencia artificial modifican aspectos concretos del rostro de una manera más sutil. Pueden suavizar la textura de la piel, alterar la forma de la nariz, modificar la mandíbula o cambiar las proporciones de los ojos, manteniendo suficientes características reconocibles para que sigamos identificándonos con la imagen.
Esto puede hacer que interpretemos la fotografía no como una representación sustancialmente modificada, sino como una versión especialmente favorecedora de nosotros mismos. Podemos ser conscientes de haber utilizado una herramienta de edición y, al mismo tiempo, no reparar en la magnitud de los cambios que ha introducido.
Esta distinción resulta relevante porque reconocernos en una imagen no significa necesariamente que esta represente fielmente nuestra apariencia.
Además, cuando estas fotografías se publican de manera habitual en redes sociales, pasan a formar parte de la imagen que ofrecemos a los demás. La versión modificada es la que compartimos, la que recibe comentarios y reacciones y la que otras personas pueden llegar a asociar con nosotros.
De este modo, las imágenes generadas o alteradas mediante inteligencia artificial pueden incorporarse progresivamente a nuestra representación pública sin que siempre seamos plenamente conscientes de la distancia que existe entre esa imagen y nuestra apariencia cotidiana.
¿Cómo puede influir en nuestra imagen corporal?
La imagen corporal es un fenómeno complejo que no se limita a las características físicas de nuestro cuerpo. Incluye la percepción que tenemos de él, los pensamientos y emociones asociados a nuestra apariencia y las conductas que desarrollamos en relación con ella.
Esta representación está influida por múltiples factores, entre ellos las experiencias personales, el contexto sociocultural y la exposición a determinados ideales estéticos. Por tanto, las imágenes que vemos de nosotros mismos también merecen atención.
Cuando nos exponemos repetidamente a una versión modificada de nuestra cara, esta puede convertirse en una referencia habitual con la que evaluar nuestra apariencia. Si la imagen que vemos con mayor frecuencia presenta una piel más uniforme, unos rasgos diferentes o unas proporciones ajustadas a determinados ideales estéticos, podemos empezar a comparar nuestra apariencia cotidiana con esa representación.
En consecuencia, algunos rasgos que antes pasaban inadvertidos pueden adquirir una mayor relevancia o parecernos menos satisfactorios. Las ojeras, la textura de la piel o la forma de la nariz pueden empezar a percibirse de manera diferente, no necesariamente porque hayan cambiado, sino porque ha cambiado el punto de referencia desde el que los evaluamos.
Nuestra apariencia no tiene por qué haber cambiado para que cambie la forma en que la percibimos.
Es importante señalar que no podemos afirmar que el uso de filtros de inteligencia artificial provoque necesariamente una alteración de la imagen corporal. Sus efectos dependerán de múltiples variables individuales y contextuales, y es necesario investigar más específicamente las consecuencias de estas herramientas. Sin embargo, los mecanismos psicológicos relacionados con la comparación de la apariencia, la atención dirigida hacia determinados rasgos y la interiorización de ideales estéticos justifican que prestemos atención a este fenómeno.
La normalización de una apariencia modificada
La cuestión también tiene una dimensión social. Las imágenes que circulan en redes sociales contribuyen a configurar las referencias visuales con las que interpretamos la apariencia propia y ajena.
Cuando las fotografías modificadas se presentan sin que resulte evidente el grado de alteración, puede aumentar la dificultad para distinguir entre una imagen que refleja la apariencia cotidiana de una persona y otra que incorpora cambios sustanciales. Esto puede contribuir a normalizar rostros que responden, al menos parcialmente, a una construcción digital.
El fenómeno no es completamente nuevo. Los filtros tradicionales, el maquillaje, los retoques fotográficos y los estándares estéticos difundidos por los medios de comunicación ya influían en la manera de representar y evaluar la apariencia. La diferencia es que las herramientas actuales permiten realizar modificaciones cada vez más realistas y accesibles, incluso sin conocimientos técnicos de edición.
Por eso, la reflexión no debería centrarse exclusivamente en las decisiones individuales de quienes utilizan estas herramientas. También es necesario considerar el contexto social en el que se utilizan, las expectativas estéticas que favorecen su popularización y la importancia que concedemos a la apariencia física en los entornos digitales.
No se trata de responsabilizar a las personas por editar sus fotografías, sino de comprender qué estamos normalizando cuando las imágenes modificadas se convierten en una forma habitual de presentarnos ante los demás.
¿Editar una fotografía o modificar nuestra referencia de nosotros mismos?
Utilizar inteligencia artificial para editar una fotografía no implica necesariamente que exista insatisfacción corporal ni que se vaya a desarrollar un problema psicológico. Las motivaciones para hacerlo pueden ser diversas y no todas las personas experimentan sus efectos de la misma manera.
Sin embargo, conviene distinguir entre utilizar una herramienta de edición de forma consciente y empezar a considerar la imagen modificada como una representación fiel de nuestra apariencia. En el segundo caso, merece la pena preguntarse qué papel desempeña esa imagen en la evaluación que hacemos de nosotros mismos.
¿Hasta qué punto influye en nuestra satisfacción con la apariencia? ¿Qué sucede cuando la versión que compartimos habitualmente se aleja de nuestra imagen cotidiana? ¿Podemos seguir valorando nuestros rasgos sin compararlos constantemente con una versión digitalmente modificada?
Estas preguntas no pretenden establecer una relación causal que todavía necesita estudiarse, sino abrir un espacio de reflexión sobre una práctica cada vez más extendida.
La cuestión no es defender que debamos mostrar siempre fotografías sin editar ni considerar que cualquier modificación sea perjudicial. Se trata de reconocer que las imágenes que compartimos forman parte del entorno visual en el que construimos y evaluamos nuestra apariencia.
El reto no consiste únicamente en aprender a utilizar estas herramientas, sino también en mantener una mirada crítica sobre las imágenes que producimos y sobre la influencia que pueden ejercer en la forma en que nos percibimos.
Porque una cosa es modificar una fotografía sabiendo que estamos creando una versión diferente de nosotros mismos y otra es acostumbrarnos a esa versión hasta que nuestra apariencia real empieza a parecernos menos familiar o menos satisfactoria.
En un contexto en el que la tecnología permite transformar nuestro rostro con una facilidad creciente, quizá sea importante recordar que una imagen puede seguir pareciéndonos propia sin representar fielmente cómo somos. Y que aprender a distinguir entre ambas cosas también forma parte de una relación más consciente con nuestra imagen corporal.


